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Opinión

El último lector / Lo que no me mata, matará a otro

Por: Rael Salvador

No veo al filósofo, ni al ideólogo, ni al politólogo… sino al padre.

Con las manos en la cabeza, visiblemente conmocionado, Alexander Dugin intenta reunir —en el lugar de los hechos— los restos esparcidos de su hija, Daria Dugina, de 30 años, asesinada en un atentado terrorista en Moscú.

El móvil: el “carro bomba”, una lapa mortal bajo el sitio del conductor.

Las palabras arden como el carro que está frente a él: “Lo que no me mata, matará a otro”, había escrito Dugin el 20 de agosto del año pasado, para constatar ahora —20 de agosto de 2022— su carga profética.

Después de la intervención de Alexander Dugin en el festival Tradición (realizado en Sajárobo), padre e hija regresarían a Moscú en el mismo automóvil, pero a último momento la joven Daria Dugina emprende el viaje sola.

¿Era Dugina a quien deseaban ultimar? ¿Matándola a ella eliminarían del ambiente bélico las ideas del padre? ¿Se cometió la torpeza de equivocar el blanco?

Para quienes no desconocemos la tesis filosófica de Dugin —la “Cuarta teoría política” (libro publicado en 2013, con traducción al español)—, no será difícil coincidir con los veredictos que serán la comidilla trágica las semanas venideras, hasta que la “Guerra Fría” de la “verdad” se instituya como un fósil legible (de eso se encargará la prensa al servicio del poder).

Esta cara teórica-política se centra en la “superación del liberalismo” —odiado y refutado por el mismo Dugin—, asimilando el socialismo en todas sus formas, así como el fascismo, para instalar una especie del “eurasianismo” que anule la rapacidad imperante del Estado nación —la ideología de los derechos humanos, la economía de mercado, el sistema democrático liberal, el parlamentarismo y la división de poderes—, producto de la “modernidad”.

Tesis rusa que no vacila en ser identificada como eje de la intervención militar no declarada en Ucrania.

Pero en estos momentos no veo al filósofo, ni al ideólogo, ni al politólogo… sino al padre.

Con las manos en la cabeza, visiblemente conmocionado… ¿Cómo no habría de estarlo?

El móvil no parece decir nada. La infiltraciones que se alegan, la inutilidad de las cámaras, la versión ciudadana, otros videos que se pasman, las especulaciones sumarias, el calcado de la “trama”, los motivos plañideros, los servicios secretos que se asemejan a los servicios fúnebres…

Se podría decir que son campanarios que sólo desdibujan el magma de un mapa por estallar.

A decir verdad, nadie tuvo que morir el pasado 30 de agosto: ni Daria Dugina ni ningún otro ser en este planeta. Pero entonces la vida levantaría sospechas de ser eterna… En estos casos, la metafísica de la inmortalidad y sus sucedáneos no sirve de nada. En el garaje alquilado de las revanchas políticas y religiosas los artefactos explosivos continúan su malévola agenda al pie de la letra: de Oriente a Occidente, la inmunda trama de las aniquilaciones lubrica su poder.

El impulso del poder, que sólo es evidente cuando visibiliza que otro puede más que otro… y lo humilla, lo empobrece, lo aniquila, lo destroza o lo desaparece.

¿Y qué filosofa Volodímir Zelensky?: “Para algunos el poder consiste sólo en misiles y armas nucleares, mientras que para nosotros el poder reside en la filosofía, en una mentalidad clara, en la razón y en las palabras”.

Los Dugin, simbolizando “la mala Rusia” —identificados como el eje ideológico de la intervención militar declarada en Ucrania (aquí no cabe el “No”)—, también nos hacen levantar las manos a la cabeza y nos invitan a observar, conmovidos, el cadáver de una época purulenta que no termina de fosilizar sus mentiras…

Sus reprobables, vergonzosas y modernas faltas a la veracidad.

raelart@hotmail.com

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